Por Jesús Tébar
Veinte minutos que pasan volando porque, cuando termina la película, uno se queda con ganas de pasar más tiempo junto a Arcelia Lupario. Es de esos personajes con los que conectas enseguida y que, poco a poco, te van descubriendo sus distintos pliegues.
Uno de los más bonitos aparece cuando Arcelia se ríe de la mujer que fue: aquella Arcelia joven que adelgazaba, lloraba por no tener hijos y hacía caso de un marido que no la merecía. Esa capacidad de mirar el pasado con distancia, ternura y sentido del humor resulta casi terapéutica: como si viajar al futuro permitiera regresar al presente y reírse un poco de las desgracias que entonces parecían enormes.
Y aparecen más pliegues. Arcelia no es una persona mayor presentada desde los tópicos habituales. Se enfrenta a los retos tecnológicos con curiosidad, sin miedo y hasta con entusiasmo. Hay en ella una mirada profundamente positiva hacia el futuro, y eso me parece especialmente valioso cuando hablamos de cambio climático.
Hace tiempo que venimos hablando de la necesidad de cambiar la manera de comunicar la crisis climática. Quizá necesitamos menos relatos construidos únicamente desde el diagnóstico y el catastrofismo y más historias que nos enseñen soluciones a escala humana: ejemplos de personas que avanzan, que se adaptan, que encuentran caminos posibles. Viajes que se hacen con otros y que pueden resultar incluso agradables, en lugar de travesías épicas reservadas a héroes extraordinarios.
Arcelia es precisamente una heroína de lo cotidiano. Lleva 47 años al frente de una emisora comunitaria, construyendo comunidad sin necesidad de grandes discursos ni de convertirse en un símbolo. Y quizá ahí esté buena parte de su fuerza: en mostrarnos que transformar el mundo también puede consistir en algo tan sencillo —y tan difícil— como permanecer, cuidar, aprender y seguir adelante.
Y hay algo que me hizo mucha gracia después de ver la película: buscarla en Instagram y descubrir que tiene menos de veinte seguidores. Una mujer que lleva casi medio siglo haciendo comunidad y que en Instagram parece que no la conoce nadie. Bueno, ahora tiene uno más.
Formalmente, la película está también muy cuidada. Las animaciones tienen una personalidad propia y dialogan estupendamente con la historia. El sonido, el montaje y el guion están al servicio de una narración que fluye sin artificios y que confía en sus personajes. Todo parece estar en su sitio.
Pero, sobre todo, queda la sensación de haber conocido a una persona extraordinaria sin que la película necesite convertirla en alguien extraordinario. Y quizá ese sea otro de sus grandes aciertos: ir descubriendo, pliegue a pliegue, a una mujer que ha vivido mucho, que sigue teniendo curiosidad por el mundo y que encara el futuro con una mezcla contagiosa de humor, dignidad y esperanza.
Jesús Tébar. (Madrid, 1975). Obrero de la geografía y pionero en cartografía digital y análisis de datos. A lo largo de su trayectoria ha trabajado como analista, investigador y docente en empresas e instituciones públicas. Ha publicado artículos en revistas académicas; entre sus trabajos más citados figuran «Patrones espaciales de la diáspora china en el mundo, España y Madrid» y «El mapa de la economía del conocimiento en la región metropolitana de Madrid». Como editor y autor de libros de texto para educación secundaria, divulga la geografía económica, la demografía y la geopolítica. Además, guía a viajeros por Madrid y comparte con ellos los últimos frutos de sus investigaciones sobre la ciudad en www.madridcentrodelmapa.es
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